sábado, 16 de enero de 2016

Bienaventuranza

Bienaventuranza

Bienaventurado el hombre
que además de surco es también semilla
que germina ansiosa en el palpitante humus
de su acendrado anhelo.

Bienaventurado el hombre
que pervive y crece
hostigando los arados y las mieses
y sembrando manantiales en los rústicos eriales.

Y aunque ronde por su estancia
del hambre asoladora las ásperas pisadas
y del insomnio aterrador su martillar lejano
jamás ha dejado de ser lumbre cantarina
la sonora llama de su corazón.

Como las olas que en los rompientes
en calma sorda desaparecen
y luego vuelven a aparecer;
como la noche que sigue al día
o cual la risa que va tras el llanto,
así es el hombre en su avatar perenne:
esquivando siempre los aviesos dardos
y pugnando por que se cumplan todos
sus encumbrados sueños.

¡Bienaventurado el hombre
que se hermanó con el viento
y que ya no sueña con alcanzar la estrella!
Su mirada ahora, coruscante y recia,
cabalga firme cual centellear de ascuas
por la luminosa senda del azul
casi aledaño.

         César Humberto Ortega Alvarado



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