Bienaventuranza
Bienaventurado el hombre
que además de surco es también semilla
que germina ansiosa en el palpitante humus
de su acendrado anhelo.
Bienaventurado el hombre
que pervive y crece
hostigando los arados y las mieses
y sembrando manantiales en los rústicos eriales.
Y aunque ronde por su estancia
del hambre asoladora las ásperas pisadas
y del insomnio aterrador su martillar lejano
jamás ha dejado de ser lumbre cantarina
la sonora llama de su corazón.
Como las olas que en los rompientes
en calma sorda desaparecen
y luego vuelven a aparecer;
como la noche que sigue al día
o cual la risa que va tras el llanto,
así es el hombre en su avatar perenne:
esquivando siempre los aviesos dardos
y pugnando por que se cumplan todos
sus encumbrados sueños.
¡Bienaventurado el hombre
que se hermanó con el viento
y que ya no sueña con alcanzar la estrella!
Su mirada ahora, coruscante y recia,
cabalga firme cual centellear de ascuas
por la luminosa senda del azul
casi aledaño.
César Humberto Ortega Alvarado